Dijo que llevaba semanas sufriendo. Pensamos que exageraba. Nos equivocamos.

Durante unos segundos después de que el médico hablara, no escuché nada más.

Esta sencilla frase resuena en mi cabeza.

Hay algo en ella.

Se me enfriaron las manos. Maya lloraba a mi lado, pero parecía que el ambiente se había alejado. Como si fuera testigo del colapso de la vida de otra persona.

“Por favor”, dije, con la voz temblorosa. “Solo dime qué es.”

El doctor respiró hondo y despacio.

“Es una misa”, dijo con cautela. “En su abdomen.”

Esa palabra me tocó más profundamente de lo que imaginaba.