Once días en terapia intensiva neonatal. Once días sentada junto a una incubadora, escuchando el pitido de las máquinas y las voces suaves de las enfermeras. Once noches volviendo a un departamento vacío y once madrugadas regresando antes del amanecer. Y por fin, mi hija Luna salía del hospital: dos kilos cien, respirando sola, con un puñito apretado junto a la mejilla.
Tenía los rizos oscuros de su padre, su hoyuelo en la barbilla y algo que llamaba la atención de todos: un ojo azul clarísimo y el otro tan