Cuando Christina tenía seis años, un compañero cruel le dijo a su mejor amigo Noah que, por tener síndrome de Down, nadie llegaría a amarlo ni a querer casarse con él. Christina salió en su defensa y le hizo una promesa de meñique: algún día irían juntos al baile de graduación. Durante los doce años siguientes, su vínculo se hizo cada vez más fuerte gracias a las dificultades cotidianas que superaron juntos, al arte y al humor.
Noah siempre fue un apoyo incondicional para Christina: le ofreció helado después de