PARTE 1
Santiago Arriaga creyó que aquella mañana en Chapultepec solo serviría para acompañar a su madre y fingir, por 1 hora, que no era el empresario más ocupado de México.
Doña Carmen caminaba tomada de su brazo, elegante como siempre, con lentes oscuros, bolsa de diseñador y ese perfume caro que parecía anunciarla antes de llegar.
—Ya casi no te veo, mijo —le dijo ella, mirando los árboles mojados por la llovizna—. Tienes 34 años y vives como si el mundo se fuera a acabar si apagas el celular.