Adrian Blake deslizó el acuerdo de divorcio sobre la mesa sin mirarme a los ojos.
Sus dedos largos golpearon dos veces la carpeta, con la misma indiferencia con la que habría aprobado un contrato cualquiera.
—Firma, Elena.
El documento tenía más de diez páginas. Cada espacio destinado a mi firma estaba marcado con una pestaña azul. Su abogado llevaba semanas preparándolo.
Quizá meses.
Entonces Adrian pronunció las palabras que, según él, debían destruirme.
—Sophie ha vuelto.
Lo observé en silencio… y sonreí.
No porque no me doliera.
Sino porque, después