Cinco minutos después de firmar los papeles del divorcio, Julianne subió a un avión con sus dos hijos, mientras Marcus celebraba el embarazo de su amante en una clínica privada, como si acabara de enterrar viva a su antigua familia.
La punta del bolígrafo tocó el papel a las 10:03 a.m., en una fría oficina de Polanco, con enormes ventanales y una mesa de cristal, donde todo parecía demasiado limpio para una despedida tan sórdida. Julianne no lloró. No tembló. No pidió una explicación definitiva.
Pasó muchos años