PARTE 2 / LA VERDAD DEL ABUELO

Abrí el sobre con las manos temblorosas.

Dentro había una carta escrita a mano, una fotografía antigua y varios documentos legales.

Arthur permaneció en silencio mientras yo desplegaba la primera hoja.

«Querido Caleb:

Si estás leyendo esto, significa que finalmente han conseguido encontrarte. Perdóname por no haber estado a tu lado durante estos dieciocho años. No fue porque no quisiera conocerte. Fue porque tu padre hizo todo lo posible para mantenernos separados».

Sentí un nudo en la garganta.

Continué leyendo.

«Cuando naciste, abrí un fondo educativo a tu nombre. Cada año deposité dinero para garantizar que nunca tuvieras que preocuparte por tus estudios. También envié regalos, cartas y fotografías.

Tu padre me aseguró que no querías tener contacto conmigo.

Cuando cumpliste quince años, descubrí que ninguna de aquellas cartas había llegado a tus manos».

Dejé de leer.

—¿Mi padre recibía dinero para mí?

Arthur asintió lentamente.

—Su abuelo creó un fondo educativo. Su padre tenía acceso limitado a ciertos pagos destinados exclusivamente a su manutención y formación.

—Pero me quitó hasta mis propios ahorros.

La expresión del abogado se endureció.

—Eso también tendremos que investigarlo.

Volví a mirar la carta.

«Caleb, tu padre no me apartó de tu vida por una discusión familiar. Lo hizo porque descubrí que había utilizado documentos falsificados para obtener dinero de una de mis empresas.

Cuando amenacé con denunciarlo, me advirtió que desaparecería contigo y que jamás volvería a verte».

Una lágrima cayó sobre el papel.

Durante toda mi infancia había creído que nadie de la familia de mi padre quería conocerme.

Y ahora descubría que alguien había pasado años intentando encontrarme.

—¿Por qué no vino a buscarme? —pregunté con la voz rota.

Arthur bajó la mirada.

—Lo intentó. Pero durante mucho tiempo su padre bloqueó las comunicaciones. Después, su abuelo enfermó y los intentos legales avanzaron lentamente.

Me entregó una fotografía.

Mostraba a un anciano sonriente sosteniendo un pequeño jersey azul.

En la parte posterior había una fecha.

Mi primer cumpleaños.

Y una frase.

«Para Caleb, el nieto al que espero abrazar algún día».

Comencé a llorar.

Arthur esperó pacientemente.

Después me ofreció un pañuelo.

—Caleb, ¿cuándo fue la última vez que comió algo?

Sentí vergüenza.

—Ayer, en la escuela.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Entonces los documentos pueden esperar.

Me llevó al restaurante.

Pidió una hamburguesa, patatas fritas y un vaso enorme de limonada.

Comí tan deprisa que tuve que detenerme para respirar.

Arthur no hizo ningún comentario.

Cuando terminé, colocó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Hay algo importante que debe saber sobre la herencia.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Su abuelo dejó instrucciones para que pudiera recibir apoyo inmediato. Pero el control de ciertos activos deberá administrarse mediante un fideicomiso hasta que cumpla veintiún años.

Asentí.

El dinero era lo último que me preocupaba.

—¿Y la condición?

Arthur abrió otra página.

—Debe terminar sus estudios secundarios y reunirse con una persona que su abuelo nombró como protectora independiente del fideicomiso.

—¿Quién?

—Una mujer llamada Margaret Ellis.

Fruncí el ceño.

—No la conozco.

Arthur sonrió ligeramente.

—Ella sí lo conoce a usted.

Aquella tarde me llevó a una casa enorme rodeada de árboles.

No parecía una mansión de película.

Era una vivienda antigua, con ventanas blancas, un jardín lleno de flores y un columpio de madera.

Una mujer de unos sesenta años nos esperaba en la entrada.

Cuando me vio, comenzó a llorar.

—Dios mío… Tienes los mismos ojos que tu madre.

Me quedé inmóvil.

—¿Conoció a mi mamá?

Margaret se acercó lentamente.

—Fui su mejor amiga.

Sentí que el corazón se aceleraba.

Mi madre había muerto cuando yo tenía cuatro años.

Mi padre casi nunca hablaba de ella.

Y cuando lo hacía, decía que había sido una mujer irresponsable que nunca supo cuidar de su familia.

Margaret tomó mis manos.

—Caleb, tu madre fue una de las personas más generosas que conocí.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Mi padre decía que ella nunca quiso tener hijos.

Margaret cerró los ojos.

—Eso es mentira, cariño.

Me condujo hasta una habitación luminosa.

Sobre una estantería había decenas de fotografías.

En una aparecía mi madre sosteniéndome cuando era bebé.

En otra, yo estaba sentado sobre las rodillas de mi abuelo.

Retrocedí.

—¿Mi abuelo me conoció?