se cerrara antes de mirar al abogado.
—Dígame el nombre.
Él acomodó sus papeles.
—No trabajo para usted.
—Entonces no insinúe cosas que no puede sostener.
Se quedó callado unos segundos.
—El pago terminó beneficiando a Isabella, pero la operación no fue firmada personalmente por el señor Salgado.
—Eso ya lo sabía.
—Lo que quizá no sabe es que Nortea tenía una autorización corporativa emitida por la dirección financiera.
Sentí que el enojo se convertía en algo más útil: atención.
Nuestro director financiero era Andrés Molina, un hombre que llevaba