mostró una fotografía.
4 recién nacidos conectados a cables y monitores.
Me faltó aire.
—Yo debí estar ahí.
—Sí.
No intentó consolarme.
—Mi madre bloqueó todo.
Elena guardó el teléfono.
—Eso explica por qué nunca respondiste.
Luego me miró con una calma mucho más dolorosa que cualquier grito.
—No explica por qué te fuiste antes de saber nada.
No pude defenderme.
Porque tenía razón.
Empecé a revisar nuestros antiguos estudios médicos.
Había algo que llevaba años incomodándome.
Elena había cargado con toda la culpa de nuestros problemas de fertilidad, aunque