Por un instante, olvidé lo que iba a decir.
Fue por lo que hizo con la mano.
Mia se presionó la uña del pulgar contra el lateral del dedo índice, frotó dos veces y luego cerró los dedos contra la palma.
Margot, mi pequeña, hacía eso siempre que estaba nerviosa.
A los cuatro años, había empezado a esconder las manos a la espalda porque yo no dejaba de decirle que acabaría haciéndose un agujero en el dedo de tanto frotar.
Ahora, aquella chica lo hacía a apenas tres metros de