temblaban y sus manos se enfriaban. Un día, la enfermera descubrió incluso un moretón en su muñeca. Intentó preguntarle qué sucedía, pero la mujer desviaba la mirada y susurraba que todo estaba bien.
Comida
Sus compañeros le aconsejaron no meterse en el asunto.
“No es tu problema. Es un familiar, tiene derecho a visitarla”, le dijeron.
Sin embargo, el llanto regresaba noche tras noche. Una tarde, la enfermera escuchó pasos, voces apagadas y un tono áspero desde el corredor. La anciana murmuraba algo, como si se disculpara. Luego vino un