amanecer.
En el elevador, Sebastián tomó mi mano.
—Renata, mírame.
Lo hice.
—Soy yo.
Entonces mencionó nuestra primera cita en Coyoacán.
Recordó el puesto donde derramé café sobre mi vestido.
Recordó que me escondí en un baño durante 20 minutos porque pensé que había arruinado la noche.
Aquello nunca se lo habíamos contado a nadie.
Sentí alivio.
Hasta que las puertas del elevador se abrieron.
Sebastián extendió la mano izquierda para sostenerlas.
Me quedé inmóvil.
Mi esposo era extremadamente diestro.
Se cepillaba los dientes con la derecha.
Abría puertas con