inteligente.
Había tres perfiles de huellas registrados.
El primero era el mío.
El segundo pertenecía a Christopher.
El tercero no tenía nombre.
Había sido añadido al sistema ocho meses antes.
Revisé el historial con las manos temblorosas y el corazón desbocado.
Aquella tercera huella desconocida había abierto la puerta de casa cuarenta y siete veces.
Casi siempre entraba de madrugada.
Y en muchas de aquellas mismas fechas…
Christopher ya estaba durmiendo junto a mí en nuestra cama.
En ese instante comprendí que el cadáver de la morgue no era la