sentí una vergüenza insoportable.
Pensaba que había sido estúpida por no darme cuenta de que dos hombres diferentes compartían mi cama.
Con el tiempo entendí que aquella culpa no me pertenecía.
Dos hombres calculadores habían pasado casi un año construyendo una única identidad falsa.
Uno proporcionaba los recuerdos, los códigos de seguridad y los detalles íntimos.
El otro me observaba en secreto para aprender las piezas que le faltaban.
Confiar en mi marido no había sido una estupidez.
Era una devoción que ellos habían convertido en un arma contra mí.