dentro de mí finalmente se hubiera abierto.
Daniel no me tocó.
Simplemente esperó.
Después de varios minutos, caminé hacia él.
—¿Sabías lo que decía la carta?
—No.
—¿Nunca te lo dijo?
—Nunca.
Miré mi anillo de bodas.
Durante seis años, quitármelo me había parecido imposible.
Esa noche, bajo la luz de la luna, lo giré lentamente y lo saqué de mi dedo.
No lo arrojé al mar.
No se lo di a nadie.
Lo guardé cuidadosamente en mi bolso.
Daniel observó sin decir nada.
Entonces lo miré.
—Todavía estoy enfadada