algo tan sencillo como encontrar su taza en el armario hacía que el corazón volviera a sentirse roto.
Durante muchos años, mi esposo había sido mi compañero para todo. Estaba acostumbrada a preguntarle qué quería cenar, a contarle pequeñas cosas que me habían ocurrido durante el día y a escuchar sus comentarios cuando veíamos las noticias. De repente, aquellas conversaciones dejaron de existir.
La casa parecía demasiado silenciosa.
Al principio, mis familiares intentaban ayudarme. Me llamaban, preparaban comida y me preguntaban si necesitaba algo. Yo agradecía sus gestos, pero había