color desapareció de su rostro.
—Eran gemelos —continuó Caleb sin darle tregua.
El enorme ramo de flores blancas cayó de sus dedos sin fuerza y se desparramó sobre el suelo clínico como escarcha abandonada.
—No… —consiguió decir mientras retrocedía hasta chocar contra la pared—. ¿Los dos latidos… se perdieron?
Se dejó caer violentamente al suelo y hundió las manos en su cabello mientras de su pecho escapaba un grito roto y desgarrador.
—¡Nora, te juro por Dios que no lo sabía!
No aparté la mirada de aquel hombre lloriqueante que