volvió a pertenecerle.
El departamento temporal estaba en Kensington. Tenía pisos viejos, ventanas altas y cortinas amarillas en el cuarto pequeño. Madison entró y soltó un grito feliz.
—¡Mamá, este cuarto parece de cuento!
Connor recorrió el pasillo con cautela.
—¿De verdad podemos quedarnos?
Sarah dejó las maletas junto a la puerta.
—Sí. De verdad.
Esa noche preparó pasta en una cocina donde no había vasos de whisky, ni corbatas abandonadas, ni silencios castigadores. Αfuera llovía. Αdentro, sus hijos comieron en pijama. Parecía poco, pero para Sarah fue casi milagroso.