con los ojos como platos. Tyler cruzaba la terminal a menos de diez metros, con su uniforme impecable y su maleta de vuelo rodando detrás. Lo arrastré de la mano hasta una tienda de recuerdos y nos escondimos detrás de un perchero de sudaderas. Mason temblaba de risa contenida. “Esto es lo mejor del mundo”, susurró. En ese momento me sentí más liviana de lo que me había sentido en meses. Hoy, cuando recuerdo esa risa suya, se me revuelve todo por dentro.
La voz por los altavoces
Abordamos casi