Durante siete años cultivé la huerta sola mientras mi esposo regalaba los sacos a su hermana: el verano en que dejé de trabajar para elloskara

y haría lo que siempre había hecho. No ocurrió. Cuando le reclamó que las papas estaban llenas de hierbas, ella respondió con serenidad: «Son tus papas.»

Un mes después llegaron los escarabajos de Colorado. Una tarde, Elena encontró a su esposo inclinado entre los surcos, agotado, preguntando cómo se lidiaba con esas plagas. Ella le explicó que los recogía casi a diario, sola, como había hecho durante años. Marian no se disculpó esa noche, y Elena lo prefirió así: no quería excusas dictadas por un dolor de espalda pasajero, quería