pregunté:
—¿Cuántas veces te sentaste a mi mesa, me miraste a los ojos y recordaste que te habías acostado con mi marido?
Su rostro palideció.
—Todas las veces.
—¿Y cuando él murió y yo lloraba entre tus brazos?
Los ojos de Susan se llenaron de lágrimas.
—Cada minuto.
—¿Y cuando me dijiste que Michael me amaba?
—Él sí te amaba.
Por primera vez levanté la voz.
—No lo defiendas.
Susan guardó silencio.
Entonces se sentó en una silla y me contó algo que no aparecía en la carta.
—Me enamoré