el suyo.
Su sonrisa desapareció.
Esteban soltó una risa corta.
—Sigues igual de orgullosa, Natalia.
—Y tú sigues confundiendo orgullo con no dejarme pisotear.
Entonces apareció la camioneta.
Esteban cambió inmediatamente.
Se acomodó la camisa.
Dejó su copa.
Incluso le pidió a Miranda que se enderezara.
Toda la región llevaba semanas hablando de Gabriel Navarro.
Empresario logístico.
Inversionista.
Dueño de una compañía que planeaba construir un centro regional de distribución agrícola.
Y, según Esteban había presumido más de una vez, el hombre capaz de conseguirle un contrato por más de