Mateo no lloró.
Miró al frente y dijo:
—Mi mamá no era una cáscara. Mi mamá estaba luchando.
Valeria, sentada en silla de ruedas, se cubrió la boca para no quebrarse.
Sergio no pudo mirarla.
Renata tampoco.
Al final, ambos perdieron la libertad, el dinero y el apellido que tanto habían querido usar como escudo. Las cuentas fueron congeladas. Las propiedades quedaron protegidas. El fideicomiso de Mateo se mantuvo intacto.
Pero para Valeria, la verdadera justicia no fue verlos esposados.
Fue salir del juzgado y sentir el sol en la