sociopática.
Dejó escapar un rugido gutural y furioso. Se abalanzó sobre la mesa del comedor, intentando agarrarme del cuello con desesperación, derribando platos y cubiertos en un estruendo caótico.
No me moví. No me inmuté.
Antes de que sus dedos pudieran siquiera rozar mi cuello, sus brazos cedieron. La enorme dosis de tranquilizantes impactó su sistema nervioso central como un tren de carga. Se desplomó pesadamente sobre el suelo de madera, arrastrando consigo el mantel y derramando su copa de vino. El líquido rojo oscuro se extendió alrededor de su