del apartamento era opresivo, pero, a pesar de él, podía oírlo. La cadencia profunda, rítmica y familiar de su respiración. Aún podía sentir el calor residual de su cuerpo en las sábanas, de cuando me había levantado de la cama para contestar el teléfono.
Era imposible. La policía había cometido un error garrafal. Un ladrón había robado la camioneta y la cartera. Eso era todo. Esa era la explicación lógica y racional.
Metí la mano a tientas en el lavabo y saqué el teléfono, mientras mis dedos jugueteaban con la