víctima—. ¡Tenía deudas! ¡Cometí un estúpido error en internet y me encontraron! ¡Iban a matarme! ¡Tuve que hacerlo para salvarme! ¡No tenía otra opción!
—Así que decidiste vender a tu propio hijo de ocho meses a una red internacional de trata de personas para saldar tus deudas —resumí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido y letal que la paralizó en seco.
Me levanté lentamente del sillón.
—Y decidiste dejar que su equipo de limpieza ejecutara a tu hija de nueve años para asegurarte de que no hubiera