docena de agentes federales, ataviados con chalecos antibalas de color verde oscuro, cascos balísticos y armados con fusiles de asalto con silenciador, invadieron el porche y el jardín delantero. Alzaban sus armas, y las miras láser rojas proyectaban una cuadrícula caótica y aterradora sobre el pecho y el rostro de Sarah.
Sarah gritó presa de un terror absoluto y primigenio.
Levantó las manos con desesperación, cayendo de rodillas sobre el duro cemento del porche, sollozando histéricamente mientras la magnitud descomunal e imposible de la respuesta la hacía perder la cordura.