lágrimas.
—Soy abuela.
—Sí.
Se dejó caer en el escalón del porche y empezó a llorar. Me senté a su lado hasta que por fin se secó el rostro.
—¿Ella sabe algo de mí?
—No.
—¿Se lo vas a decir?
Rebecca había enterrado a Carol hacía apenas unas semanas. Y ahora tenía que decirle que la mujer a la que había llamado madre durante treinta y ocho años le había ocultado la verdad sobre su origen.
—No sé cómo.
Anna miró las cartas.
—Carol tampoco supo, por lo visto.
—¿Y