establecimiento.
El chico llamado Jenkins bajó la mirada.
Su madre se acercó y le rodeó los hombros.
—Mi hijo llegó a casa con dos costillas fisuradas el mes pasado —dijo—. Jake aseguró que había sido un accidente durante el entrenamiento.
Otra mujer levantó la voz.
—Mi hija sufrió una conmoción cerebral.
Luego habló un padre.
Después otro.
Las historias salieron una tras otra: castigos físicos disfrazados de ejercicios, alumnos obligados a pelear lesionados, amenazas de expulsión, humillaciones grabadas y utilizadas para promocionar el supuesto rigor del dojo.
Jake había confiado