No quería las manzanas.
Quería encontrar una forma de presionarnos para vender.
Mi teléfono vibró.
Era Ben.
—Mamá, ¿dónde estás?
—En el cobertizo.
—¿Encontraste algo?
Miré la carpeta.
—Sí. Pero quiero hablar contigo cuando llegues de la escuela.
Hubo silencio.
Después preguntó:
—¿Tiene que ver con papá?
—Sí.
—Entonces quiero saberlo.
Colgué.
En ese momento escuché un golpe afuera.
Salí corriendo.
Una de las ventanas del cobertizo estaba rota.
La carpeta había desaparecido.
Me quedé paralizada.
Alguien había entrado mientras yo estaba en la cocina.
Pero no había sido Mónica.