una niña.
Luego me dijo que había muerto.
Supliqué verla.
Mamá se negó.
Dijo que sería mejor si la recordaba tal como la había imaginado.
Así que les creí.
Durante 36 años, les creí.
—¿Dónde está? —susurré.
Michael parecía confundido.
—¿Grace?
—No.
Se me quebró la voz.
—Mi hija.
—Carol.
—¿Dónde está?
Michael se puso en pie.
—Está aquí.
Miré hacia la zona de maternidad.
—¿Con Grace?
Él negó con la cabeza.
—No. Mamá, está aquí en el hospital. Dos pisos más abajo.
No en una ciudad lejana. No en