tienes. Pero recuerda algo: Sophie no necesita un padre perfecto. Necesita un padre presente.”
Tuve que detenerme.
Porque esas palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar.
Continué leyendo.
“Si alguna vez conoces a Amelia, ayúdala. Ella tiene un corazón enorme, aunque el mundo haya intentado convencerla de lo contrario.”
Cerré la carta.
Y lloré.
No como un empresario.
No como un hombre acostumbrado a controlar todo.
Lloré como un padre que finalmente entendía.
Meses después, en la graduación de Amelia, Sophie estuvo en primera fila.
Cuando Amelia recibió su diploma,