Me faltan seis.
—Ya no vas a coser hoy.
—Pero necesitamos pagarle a usted.
Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.
Entonces escucharon una llave entrando en la cerradura.
La puerta se abrió.
Una mujer delgada, de unos treinta y tantos años, apareció sosteniendo una bolsa de farmacia.
Al ver a Alejandro junto a su hija, perdió el color del rostro.
—Señor Cárdenas…
Miró el sobre abierto.
Luego los billetes sobre la mesa.
—Por favor —dijo Mariana—. No nos saque. El viernes puedo darle otros $1,500.
Alejandro iba a responder cuando