consideró valiente. Nunca pronunció discursos sobre sacrificio. Simplemente siguió adelante.
Limpiaba oficinas antes del amanecer, trabajaba en la caja de una farmacia hasta bien entrada la tarde y, aun así, volvía a casa preguntando por mis deberes como si hubiera pasado el día descansando en lugar de estar de pie con los pies hinchados durante catorce horas.
Cuando tenía ocho años,
me obsesioné con una marca de yogur de fresa que vendían en tarritos de cristal. Costaba más de lo que podíamos permitirnos. Por alguna razón, siempre había uno