la mano.
Sacó los aretes de perlas.
—Son tuyos —dijo.
Los recibí.
No le dije que todo estaba perdonado.
Todavía no lo sabía.
Tampoco le dije que nada volvería a ser igual.
Eso ya lo sabíamos las dos.
Solo le hice espacio para entrar.
No porque fuera mi hija y, por lo tanto, tuviera derecho automático a todo.
Sino porque esa vez estaba ahí por decisión propia.
Sin David.
Sin una deuda.
Sin un papel ajeno en la mano.
Y cuando cerré la puerta detrás de ella, entendí finalmente la