de tantos años agarrando sartenes abrasadoras.
Esas manos habían trabajado miles de horas para levantar Lumina desde cero.
Lucas y Beatrice habían creído tontamente que bastaba con llamarme «familia» para arrebatarme todo lo que aquellas manos habían construido.
Se equivocaban.
La familia no es una palabra que dé a nadie derecho a humillarte, robarte o aprovecharse de ti.
Y querer a alguien jamás significa darle permiso para destruirte la vida.
Aquella noche fui la última persona en salir del restaurante.
Apagué las luces principales del comedor.
Cerré las pesadas puertas