viejo, tengo permiso”, se justificó.
El abuelo nunca había conocido a Tomás. Yo siempre pensé que habría tiempo para presentarlos.
El día que el abuelo conoció a Luna
Al salir del hospital no fui a mi casa. Fui a la suya. Él esperaba en el porche con un café y, al ver mi auto, se paró tan rápido que se le volcó la taza.
—¡Ahí están mis niñas!
Le puse a Luna en los brazos. Por un momento, se lo vio más feliz que nunca. Entonces ella abrió los ojos.