deliberado de quien ya había leído el último capítulo del libro que estaban escribiendo.
—Oficial Quill —la voz de Vance resonó por encima del viento cálido, amplificada por el denso silencio de la autopista—. Mantenga su arma exactamente donde está. Si ese cañón se mueve un centímetro respecto al agente Voss, mi equipo lo considerará una amenaza activa.
El rostro de Quill se puso del color de la leche vieja. La bravuconería que lo había sostenido durante años extorsionando a estudiantes universitarios y viajeros foráneos comenzó a desvanecerse. —¡Metió la