—Tú.
—Sí.
Silencio.
Sebastian se levantó tan rápido que la silla rozó el suelo.
—Estás diciendo que eres hija de mi padre.
Natalie no se movió.
—Biológicamente, sí.
Él caminó hasta la ventana.
Nueva York brillaba a lo lejos.
Todo parecía exactamente igual.
—Entonces eres mi hermana.
—Media hermana.
—No hagas precisión semántica ahora.
—Lo siento.
Se giró.
—Trabajas en mi casa desde hace ocho años.
—Sí.
—Sin decirme que compartimos padre.
—Sí.
—Por qué?
Natalie apretó las manos.
—Porque no vine por ti.
—Entonces por qué?
—Por tu madre.