algo feroz en sus ojos.
—Lo sabías.
—Sí.
—¿El día del divorcio?
—Sí.
Su rostro se transformó.
—¿Y no me dijiste nada?
—Baja la voz.
—¡Era mi hijo!
Varias personas giraron.
Me acerqué un paso.
—Y sigue siendo una persona, no una propiedad sobre la que puedas gritar en un colegio.
Aquello lo silenció.
—Vamos afuera.
Caminamos hasta un jardín lateral.
El ruido del auditorio quedó detrás.
Ethan permaneció varios segundos de espaldas a mí.
—Necesito entender.
—No hay mucho que entender.
Se volvió bruscamente.
—Hay diez años que entender.
—