existía.
—Precisamente.
Me senté en el extremo opuesto.
—No quería que te odiara por algo que no habías elegido conscientemente.
Eso pareció dolerle todavía más.
—Pero tampoco quería construir una fantasía sobre ti.
—¿Qué le dijiste?
—Que su padre y yo habíamos sido personas que se quisieron mal.
Ethan se quedó mirándome.
—¿Me quisiste?
La pregunta me hizo reír sin humor.
—No hagas preguntas infantiles.
Su rostro se quebró.
Sí.
Había reconocido sus propias palabras.
—Lo siento.
No respondí.
—Laura, yo…
—No.
—Déjame…
—No hoy.
Me levanté.
—Hoy es la