en la frente.
—Mamá.
Corrí.
Lo abracé.
Lloré.
Leo protestó.
—Estoy bien.
—No me importa.
Ethan permaneció atrás.
Después de que el médico confirmara que todo estaba bien, Leo se quedó dormido.
Yo salí al pasillo.
Las piernas me temblaban.
Ethan apareció.
—Está bien.
—Lo sé.
—Laura.
—Lo sé.
Empecé a llorar.
Ethan se acercó.
Se detuvo.
No me tocó.
—¿Puedo?
Aquella pregunta me rompió.
Asentí.
Me abrazó.
Y por primera vez en diez años me permití esconder el rostro en su pecho.
Olía distinto.
Pero también igual.
Memoria y