Una anciana reclusa lavaba la ropa tranquilamente en el patio de la prisión cuando la criminal más temida se acercó, la sujetó bruscamente por la cabeza y le hundió el rostro en un recipiente lleno de agua sucia y jabón

durante años. Salieron a la luz episodios de abusos constantes: Vanessa golpeaba a las internas más vulnerables, les quitaba los paquetes que recibían de sus familias, las obligaba a hacer su trabajo y amenazaba a cualquiera que intentara denunciarla ante los guardias. Hasta ese día, el miedo había mantenido a todas en silencio.

Esa misma jornada, Vanessa fue trasladada a una celda de aislamiento, perdió todos los privilegios de los que disfrutaba y quedó sometida a una nueva investigación disciplinaria. Unas semanas después, las autoridades decidieron enviarla a otra prisión