hablarle durante meses, siguió adelante.
Pero aquella noche no tenía un plan.
—Ven aquí —dije.
—Son casi las tres.
—Me da igual.
—Elena…
—Ven.
Media hora después estaba sentado en nuestra cocina.
Daniel preparó café.
Yo puse pan tostado.
Ethan tenía los ojos rojos.
—No puedo perder la empresa.
—¿Por qué?
Me miró sorprendido.
—Porque hay cuatrocientas familias.
—Eso no es lo mismo que decir “no puedo perderla”.
—No entiendo.
—¿Tienes miedo de perder el dinero?
—No.
—¿El prestigio?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué?
Ethan bajó la mirada.
—Que todos piensen que