El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

su espalda.

—Pero mi condición también es para ti.

Daniel levantó los ojos.

—No vuelvas a conformarte con que otra persona te cuente cómo está tu hijo.

Guardó silencio.

—Pregúntale a él. Llámalo. Ve a su escuela. Habla con sus profesores. Averigua si come, si está enfermo, si necesita zapatos. Eres su padre aunque vivan en casas distintas.

Daniel asintió.

—Tienes razón.

—Y otra cosa.

—Dime.

—No llames mañana a Laura para gritarle.

Frunció el ceño.

—Pero…

—Si Ethan lleva años viviendo así, una pelea telefónica no va a solucionarlo.