e hijo se miraron.
Seis años de distancia comenzaron a desmoronarse en aquella cocina.
—Ethan —dijo Daniel—, nunca dejé de querer verte.
El adolescente respiraba rápido.
—Entonces ¿por qué no llamabas?
—Tu madre bloqueó mi número.
—Podías haber insistido.
Daniel recibió aquello sin defenderse.
—Sí.
El muchacho pareció sorprendido.
—¿Sí?
—Sí. Debí insistir más.
Daniel se sentó otra vez.
—Creí que respetaba lo que tú querías. Ahora entiendo que fue una manera cobarde de evitar el conflicto.
Ethan bajó la cabeza.
—Yo también podía haberte llamado.
—Eras un niño.
Aquello