El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

Exactamente en el lugar donde me había entregado las llaves.

Llovía ligeramente.

—¿No vas a entrar? —pregunté.

—En un minuto.

Me quedé a su lado.

—¿En qué piensas?

Miró la lluvia.

—En aquella noche.

Yo también.

Él tenía catorce años.

Yo estaba embarazada.

Éramos prácticamente desconocidos.

—¿Sabes algo gracioso? —dije.

—¿Qué?

—Daniel me había prometido que tú nunca interferirías en nuestra vida.

Ethan soltó una carcajada.

—Vaya.

—Sí.

—Lo siento.

Le di un golpe suave en el brazo.

—No vuelvas a disculparte por existir.

Su sonrisa desapareció lentamente.

Me miró.