antes de que yo hubiera terminado mi café.
Pero había algo que nunca cambió.
Cada domingo por la tarde venía a nuestra casa.
A veces con Claire.
A veces solo.
Y siempre hacía lo mismo.
Entraba por la puerta de la cocina, abría la nevera sin preguntar y decía:
—¿Qué hay de comer?
Yo siempre respondía:
—Lo que tú quieras.
Y él sonreía.
Era una pequeña costumbre.
Pero para mí significaba más de lo que él imaginaba.
Porque aquella misma frase había sido una de las primeras que yo le