El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

antes de que yo hubiera terminado mi café.

Pero había algo que nunca cambió.

Cada domingo por la tarde venía a nuestra casa.

A veces con Claire.

A veces solo.

Y siempre hacía lo mismo.

Entraba por la puerta de la cocina, abría la nevera sin preguntar y decía:

—¿Qué hay de comer?

Yo siempre respondía:

—Lo que tú quieras.

Y él sonreía.

Era una pequeña costumbre.

Pero para mí significaba más de lo que él imaginaba.

Porque aquella misma frase había sido una de las primeras que yo le