si yo estaba a tu lado como si no.
Fue entonces cuando ya no pude contenerme.
Apoyé la cabeza en su hombro y lloré.
Durante años había creído que mi marido me estaba quitando mi independencia.
Ese día comprendí que, a su manera torpe y silenciosa, había estado preparándolo todo para el día en que yo nunca más tuviera que depender de nadie.
Justo antes de salir del banco, Robert abrió su cartera, sacó doscientos dólares y me los entregó.
—¿Y esto para qué es?
Sonrió.
—Ve a comprar esa