sido abiertas.
—Mamá cambiaba la historia —dijo Laura—. Cuando era niña decía que nunca quiso conocerme. Después dijo que apareció un par de veces y se cansó. Finalmente dejó de hablar de él.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Dónde?
—A veinte minutos.
La miré.
—Necesito hablar con ella.
—Yo también.
Pero primero leímos la carta final.
Laura me permitió hacerlo.
Alejandro había comenzado:
“Laura:
Si estás leyendo esto, significa que me faltó valor o tiempo para hacer lo que debí hacer hace muchos años.”
Continuaba:
“Quiero empezar con algo que quizá ya